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Fabiana Quaini

Fabiana Marcela Quaini

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Derecho Internacional 

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          Texto publicado en Revista Nueva   
                                                              
foto etiopiarevistanueva foto adopcion
vínculos  

“Hijos del mundo”

 

Primero, saber; después, opinar*
Quien observa desde afuera y de manera superficial el tema de la adopción guarda una serie de preconceptos. Algunos vinculados a la verdad y otros mitológicos. Veamos: . Cómo las parejas esperan tanto si hay muchos chicos: Es verdad que hay numerosos ninos en situación de abandono (total o parcial), pero eso no significa que puedan ser adoptados. La condición de adoptabilidad la determina un juez. Algunas normas permiten la adoptabilidad de manera más simple o veloz que otras. Depende de las políticas que se apliquen. En la Argentina, por ejemplo, con la sanción de la ley 26.061 de protección integral de la infancia, se consagró como principal derecho del nino el derecho a la identidad. Con la nueva norma, se instó a los distintos niveles del Estado a instrumentar políticas públicas de fortalecimiento familiar para lograr mantener a los menores con su familia nuclear y evitar la vulneración de otros derechos en el seno familiar. . La venta es una realidad: El tráfico de personas es el delito que más creció en las últimas décadas. Quizás haya colaborado en esto el aumento poblacional sin control de la natalidad y las situaciones extremas de vida, incluso en países centrales. . La espera: Es la desesperanza más común. La espera es dura porque se sabe indefinida. . Adoptar se puede: Lo demuestran los miles de ninos que encontraron un nuevo hogar. Lo sostienen aquellos que, después de haber adoptado, van por una segunda oportunidad. De ese modo, ser papás adoptivos está más cerca de una decisión personal que del lado de las imposibilidades prácticas. Conocer otras experiencias, y vencer debilidades y prejuicios, derribará las trabas con alegría. Y así se podrá convertir una aparente tortura angustiante en una aventura inacabable. *Por la licenciada en Psicología Marisa Russomando y la comunicadora Flavia Tomaello, autoras del libro Adopción, la construcción feliz de la paternidad.

 

"En alguna parte, alguien esperaba por nosotros"
Ana Clara es mamá adoptiva de un nino haitiano, del que prefiere resguardar su identidad. La población de Haití quedó muy danada después del terremoto sufrido en enero de 2010. El sismo de siete grados se sintió hasta en Cuba, Jamaica y República Dominicana. En esta catástrofe, más de 300.000 personas perdieron su vida, otras 350.000 resultaron heridas y más de un millón y medio de individuos se quedaron sin hogar. Entre ellos, centenares de ninos. La decisión de Ana Clara de adoptar vía internacional fue consecuencia de aguardar y aguardar un llamado del registro nacional de adoptantes que nunca llegó (en la Argentina, casi 20.000 parejas ya finalizaron los trámites y están en lista de espera). "Hace tres anos que estamos con mi pareja anotados para adoptar aquí en el país. A pesar de haber cumplido con cada uno de los requisitos, nunca nos contactaron. Al considerar que cada ano que pasa somos peores candidatos para ser elegidos y al percibir que entrábamos en un camino sin salida, encaramos, en paralelo, el proceso en el exterior. Creímos que lo más valioso era darle una familia a un nino y que este tuviera la chance de entregarse a ella. Sentimos que, en alguna parte, alguien esperaba por nosotros y nosotros por ese alguien. Simple: nos íbamos a encontrar si el destino así lo indicaba. No forzamos nada", cuenta. Ana Clara coincide con María Eugenia en que las adopciones internacionales provocan más de un dolor de cabeza, ya que implican el cuádruple de trámites e instancias de aprobación, amén de las traducciones y apostillados que los documentos locales no exigen. "Uno se hace preguntas insólitas cuando toma contacto con una criatura de otro país. Pero la realidad es que un nino siempre es un nino y siempre será una sorpresa para sus padres, aun si es biológico. En nuestro caso, decidimos no obviar sus raíces e intentar conservarlas. Sería como preservar la historia familiar. La diferencia con la adopción internacional es que ambos papás tienen una carga cultural distinta a la que trae el pequeno. Como todo nino adoptado, el nuestro tendrá dudas, penas. y lo acompanaremos de la mejor manera posible. Nadie sabe qué pasará manana, sea como sea que se haya conformado la familia", cierra.

Tanto en la Argentina como en el exterior, son cada vez más resonantes los casos de adopciones internacionales. A través de historias conmovedoras, revelamos mitos y verdades alrededor de este tema: los trámites necesarios, los tiempos de espera, los destinos insólitos de donde provienen los niños, la ¿elección? de la criatura, y cómo es la adaptación a una nueva vida y a una cultura totalmente diferente.

De un segundo a otro, todo puede cambiar. Para bien… o para mal. María Eugenia y Fernando se dirigían hacia diferentes orfanatos de Etiopía para ganarse un espacio en sus listas de potenciales padres adoptivos y, así, comenzar a deshojar la margarita. O mejor aún, que sucediera el milagro: que en ese mismo instante les asignasen la criatura que ellos tanto ansiaban. Viajaban con el híper riguroso dossier ya terminado a cuestas, con sus debidas legalizaciones y traducciones.
La combi que los trasladaba frenó en una panadería, local que aprovecharon para comprar el alimento que solían dejarles a los niños que acampaban en la puerta de estas instituciones infantiles. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, un adolescente manoteó la mochila con todos los documentos. La respiración de María Eugenia se entrecortó, el llanto se apoderó de ella y el mundo se detuvo. No le estaban robando solo papelerío. Le estaban dando un golpe mortal a su ilusión.
A las corridas, persiguieron al joven, quien se internó en un barrio carenciado. Alarmados por los gritos, los lugareños los auxiliaron y los guiaron por los recovecos de las casillas. En la persecución, María Eugenia y Fernando se separaron y se perdieron. Hasta que apareció el sol. O, mejor dicho, Fernando, quien se acercó a su mujer con los papeles en la mano y la tranquilizó al son de estas palabras: “Ya pasó. Estamos aquí por nuestro sueño y no vamos a parar hasta cumplirlo”. Todo había vuelto a cambiar. De un segundo a otro. Esta vez… para bien.
La anécdota es una de las tantas que atesora esta pareja que hoy se deshace en elogios cuando alude a la simpatiquísima Ambar Teresa, o a “la princesa”, como la llaman. Su segundo nombre se debe a que la albergó el orfanato Madre Teresa de Calcuta, ubicado en un pueblo cercano a Somalia. Luego la llevaron a otra sede de la misma organización, pero en Adís Abeba (capital de Etiopía).
Hace alrededor de un mes, le festejaron su tercer cumpleaños. Cuando la conocieron, la pequeña tenía quince meses y su salud estaba deteriorada: sufría de varicela, desnutrición y raquitismo. Tenía los pies vencidos e infecciones en los oídos y en los pulmones. Pero la mamá asegura que, así y todo, le notaba unas ganas de vivir que la dejaban boquiabierta. “Se había acostumbrado a la oscuridad, a la falta de cariño, a la soledad y a la pobreza. Para ella, ¡ese estado era el normal! Recuerdo que comía desaforadamente todo lo que le dábamos y no permitía que ni una gota de leche se le derramara de su mamadera. Además, se tarareaba sola su canción de cuna para relajarse y dormirse en nuestros brazos. Era extraña la sensación que nos generaban sus acciones: nos provocaban felicidad y angustia. Se nos partía el corazón, pero ella nos sonreía y nos movía las manitos, lo que nos animaba a demostrarle que el amor era fundamental para sobrevivir a esos momentos. Era una niña huérfana que irradiaba energía y que estaba atenta a que se aprobara la adopción”, detalla María Eugenia.
El camino que debieron atravesar no fue, justamente, un lecho de rosas. Es que si bien cada vez existen más casos de adopciones internacionales, la tarea no es para nada sencilla. Cada país impone sus criterios y requisitos ineludibles para este tipo de cuestiones. Los destinos de donde provienen gran parte de los menores son, entre otros, China, la India, Haití, Vietnam, Guatemala, Liberia y, precisamente, Etiopía. El cuadro de situación suele variar: algunas naciones flexibilizan la gestión, mientras que otras la endurecen o, directamente, la prohíben.
Para María Eugenia y Fernando fueron meses y meses de análisis, investigación, conversaciones para minimizar dudas y búsquedas para hallar la mejor orientación. La cruzada de otros padres adoptivos también los inspiró. Subyace el concepto de que como en la Argentina los trámites son tediosos, es menos complicado hacerlo fronteras afuera dice María Eugenia. Es cierto que la espera es más corta, ¡pero se dificulta mucho más! Nosotros adoptamos una niña nacida en Etiopía, siendo argentinos y viviendo en los Emiratos Árabes, por lo que fue una combinación casi inexplicable (risas). Lo cultural es la principal barrera, así como el idioma y las leyes, que son diametralmente opuestas. El primer paso es establecer con qué país se hará el vínculo y preparar el dossier con sus traducciones. Nosotros las tuvimos que hacer al inglés, al árabe e inclusive al amharic, un dialecto etíope. Claro que nos topamos con traspiés: en los Emiratos Árabes, la adopción es un tema desconocido. Hubo infinidad de ocasiones en las que se negaban a certificarnos papeles, no por su invalidez, sino porque ellos ignoraban cómo proceder. Así que nos armamos de paciencia para ir a entidades, entrevistarnos con autoridades y obtener las legalizaciones obligatorias. Sin eso y sin la ayuda inestimable de la familia, los amigos, abogados y la embajada argentina en Kenia, no habríamos podido con nada.

Con Ambar en la mira
No obstante, lo más relevante del procedimiento es la historia previa de la criatura, como la del individuo o la familia interesada. Con Fernando nos casamos en 2002 y nuestra idea de tener hijos surgió en 2006, ya afianzados económicamente y mientras vivíamos en Canadá por trabajo ;evoca María Eugenia. Después de un año de intentarlo sin resultados, consultamos a expertos para hacer un tratamiento de fertilización. Los hicimos en la Argentina, por lo que volvíamos allí cada vez que iniciábamos uno pero siempre sin buenas nuevas. Sentimos frustración, pero el deseo de ser padres pudo más. Nunca se nos pasó por la cabeza renunciar a eso. Así fue como nos dispusimos a adoptar, ya que entendíamos que si uno tiene tanto amor para brindar, es factible hacerlo con cualquier niño huérfano de este planeta, sin importar su color, su idioma o su cultura. La variable de hacerlo internacionalmente se cayó de madura, ya que no residíamos en la Argentina desde hacía más de cuatro años. Y como nuestra ley exige al menos cinco, fue impracticable. Por otro lado, al estar fuera de tu país, la mente se expande. El acercamiento a otras razas, costumbres y pensamientos nos hizo apreciar las semejanzas y respetar las diferencias. Así tomó fuerza el hecho de formar una familia multicultural. Tuvimos chances de adoptar en Asia y América, pero nos inclinamos por África, ya que era lo más viable en ese entonces.
Contrariamente a lo que dicta el imaginario colectivo, en las adopciones internacionales apenas se pueden mencionar las preferencias en cuanto al sexo y la edad. Nada más. Las fechas de nacimiento son aproximadas, ya que, al ser huérfanos, es imposible dar con el día, el mes y el año exacto. La mayoría son abandonados en las calles y llevados a los orfanatos por la policía o por transeúntes que se los encuentran en la vía pública. Urge considerar que, solo en Adís Abeba, hay más de ciento cincuenta de estos establecimientos.
Como en toda experiencia cautivante, hubo golpes de timón. Y varios. Para empezar, Ambar pudo no haber sido Ambar. Es que, en 2009, ya asentados en Dubai, María Eugenia y Fernando enviaron mails a instituciones internacionales de adopción, oriundas de Estados Unidos, de Canadá y del Viejo Continente. Las primeras opciones eran de Rusia, Ucrania, Kazajstán y Vietnam, pero dudaron de la legitimidad de las agencias. Entonces, depositaron su atención en Camboya, donde nada indicaba irregularidades. Pero mientras se empapaban acerca de este país del sudeste asiático, se enteraron de que se cerraban, temporalmente, las adopciones internacionales. Esto podía extenderse durante semanas o meses
Este desafío fue como subir una escalera altísima. Nunca nos permitimos mirar el último escalón porque íbamos a notar los obstáculos y no lo habríamos logrado. Así que había que conquistar la cima poco a poco, dice María Eugenia, como si compartiera una receta. Por esos días, había en Internet un grupo de adopción en Dubai, conformado por matrimonios de residentes extranjeros de Australia, Irlanda, Reino Unido y España. La anfitriona de la casa donde nos reuníamos tenía una nena de Etiopía. Era hermosa, alegre y juguetona. Cuando nos despedimos, ¡se quería venir con nosotros! A la vez, nos cruzamos con otra pareja, que tenía tres criaturas de ese país. Recargadas nuestras pilas por las cosas lindas que nos contaron, nos decidimos por Etiopía, que nos pidió certificados de nacimiento, de matrimonio y de salud; antecedentes policiales; nuestro salario; declaración jurada de bienes personales; títulos universitarios; estudios psicológicos; y tres cartas: la primera de referencia, la segunda donde argumentáramos por qué queríamos adoptar un niño etíope, y una tercera de no objeción, que debía ser emitida por la embajada argentina. Aunque parezca mentira, esta última fue la que más nos costó conseguir. No hubo manera de que nos la dieran; aunque, al final, nos sellaron todo lo que necesitábamos. Por suerte, dimos con Fabiana Quaini, una especialista que se prestó a escribir dos cartas: una en la que transcribía las leyes argentinas que se muestran a favor de las adopciones internacionales; y otra en la que ahondaba en nuestro caso y daba una no objeción de su parte. De abril a octubre de 2009, recolectamos los datos. Fueron noches sin dormir y mañanas agotadoras. Pero, aun sin conocerla, ya estábamos disfrutando de nuestra hija.
En total, María Eugenia y Fernando se presentaron en tres orfanatos. Cuando se cumplieron casi cuatro semanas de espera, llegó el mensaje de uno de ellos para confirmarles que una niña les había sido asignada. Entre idas y vueltas, visitaron Etiopía siete veces para adentrarse en su idioma, sus sabores, sus tradiciones y sus necesidades. Y anotaron cada vivencia en un cuaderno para que, con los años, la princesa pueda leer su historia. El 26 de enero de 2010 escucharon la sentencia que los oficializó como los padres de Ambar. Previo certificado de nacimiento y pasaporte etíopes, la nacionalizaron argentina, lo que les demandó más de un año por la lentitud del proceso legal.

No hay nada más lindo
Ya instalada en su casa de Dubai, la pequeña se habitúa al seno de una familia. Al principio, como una forma de autoprotección, escupía cuando uno hacía algo que no le gustaba, desliza María Eugenia. Pero fue incorporando las palabras, los gestos, las caricias, el por favor y el gracias. Hoy, es muy respetuosa y no tiene malos modales. Le encanta ir a su salita de prejardín de infantes. ¡Es súper amigable! La adaptación requirió sus atenciones y sus tiempos, pero los frutos son palpables y uno como padre se siente orgulloso.
María Eugenia y Fernando atesoran videos y fotos de Ambar, desde la época en el orfanato. Y los contemplan juntos, para que ella no olvide sus raíces. Hay una sola realidad: la verdad. Por eso, le hablamos del albergue donde estuvo, de su color de piel, de sus cabellos mota y de sus ojazos negros. Cuando tenga incertidumbres, le ofreceremos las herramientas para que su camino sea lo menos sufrido posible y, sobre todo, lleno de amor;, sostiene María Eugenia. Con Fernando creemos que dos menos juntos hacen un más. Nuestro problema de fertilización nos colocó en una posición de menos. Y una criatura en un orfanato también estaba en una condición de menos. Fue maravillosa la posibilidad de que dos menos pudieran complementarse y formar un enorme más. Gracias a Ambar, redescubrimos el sentido de la vida. Nuestro compromiso con ella es para siempre


 

 

 

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