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De un segundo a otro, todo puede cambiar.
Para bien… o para mal. María Eugenia y Fernando
se dirigían hacia diferentes orfanatos de
Etiopía para ganarse un espacio en sus listas de
potenciales padres adoptivos y, así, comenzar a
deshojar la margarita. O mejor aún, que
sucediera el milagro: que en ese mismo instante
les asignasen la criatura que ellos tanto
ansiaban. Viajaban con el híper riguroso dossier
ya terminado a cuestas, con sus debidas
legalizaciones y traducciones. La combi que
los trasladaba frenó en una panadería, local que
aprovecharon para comprar el alimento que solían
dejarles a los niños que acampaban en la puerta
de estas instituciones infantiles. De repente,
en un abrir y cerrar de ojos, un adolescente
manoteó la mochila con todos los documentos. La
respiración de María Eugenia se entrecortó, el
llanto se apoderó de ella y el mundo se detuvo.
No le estaban robando solo papelerío. Le estaban
dando un golpe mortal a su ilusión. A las
corridas, persiguieron al joven, quien se
internó en un barrio carenciado. Alarmados por
los gritos, los lugareños los auxiliaron y los
guiaron por los recovecos de las casillas. En la
persecución, María Eugenia y Fernando se
separaron y se perdieron. Hasta que apareció el
sol. O, mejor dicho, Fernando, quien se acercó a
su mujer con los papeles en la mano y la
tranquilizó al son de estas palabras: “Ya pasó.
Estamos aquí por nuestro sueño y no vamos a
parar hasta cumplirlo”. Todo había vuelto a
cambiar. De un segundo a otro. Esta vez… para
bien. La anécdota es una de las tantas que
atesora esta pareja que hoy se deshace en
elogios cuando alude a la simpatiquísima Ambar
Teresa, o a “la princesa”, como la llaman. Su
segundo nombre se debe a que la albergó el
orfanato Madre Teresa de Calcuta, ubicado en un
pueblo cercano a Somalia. Luego la llevaron a
otra sede de la misma organización, pero en Adís
Abeba (capital de Etiopía). Hace alrededor
de un mes, le festejaron su tercer cumpleaños.
Cuando la conocieron, la pequeña tenía quince
meses y su salud estaba deteriorada: sufría de
varicela, desnutrición y raquitismo. Tenía los
pies vencidos e infecciones en los oídos y en
los pulmones. Pero la mamá asegura que, así y
todo, le notaba unas ganas de vivir que la
dejaban boquiabierta. “Se había acostumbrado a
la oscuridad, a la falta de cariño, a la soledad
y a la pobreza. Para ella, ¡ese estado era el
normal! Recuerdo que comía desaforadamente todo
lo que le dábamos y no permitía que ni una gota
de leche se le derramara de su mamadera. Además,
se tarareaba sola su canción de cuna para
relajarse y dormirse en nuestros brazos. Era
extraña la sensación que nos generaban sus
acciones: nos provocaban felicidad y angustia.
Se nos partía el corazón, pero ella nos sonreía
y nos movía las manitos, lo que nos animaba a
demostrarle que el amor era fundamental para
sobrevivir a esos momentos. Era una niña
huérfana que irradiaba energía y que estaba
atenta a que se aprobara la adopción”, detalla
María Eugenia. El camino que debieron
atravesar no fue, justamente, un lecho de rosas.
Es que si bien cada vez existen más casos de
adopciones internacionales, la tarea no es para
nada sencilla. Cada país impone sus criterios y
requisitos ineludibles para este tipo de
cuestiones. Los destinos de donde provienen gran
parte de los menores son, entre otros, China, la
India, Haití, Vietnam, Guatemala, Liberia y,
precisamente, Etiopía. El cuadro de situación
suele variar: algunas naciones flexibilizan la
gestión, mientras que otras la endurecen o,
directamente, la prohíben. Para María Eugenia
y Fernando fueron meses y meses de análisis,
investigación, conversaciones para minimizar
dudas y búsquedas para hallar la mejor
orientación. La cruzada de otros padres
adoptivos también los inspiró. “Subyace el
concepto de que como en la Argentina los
trámites son tediosos, es menos complicado
hacerlo fronteras afuera –dice María Eugenia–.
Es cierto que la espera es más corta, ¡pero se
dificulta mucho más! Nosotros adoptamos una niña
nacida en Etiopía, siendo argentinos y viviendo
en los Emiratos Árabes, por lo que fue una
combinación casi inexplicable (risas). Lo
cultural es la principal barrera, así como el
idioma y las leyes, que son diametralmente
opuestas. El primer paso es establecer con qué
país se hará el vínculo y preparar el dossier
con sus traducciones. Nosotros las tuvimos que
hacer al inglés, al árabe e inclusive al
amharic, un dialecto etíope. Claro que nos
topamos con traspiés: en los Emiratos Árabes, la
adopción es un tema desconocido. Hubo infinidad
de ocasiones en las que se negaban a
certificarnos papeles, no por su invalidez, sino
porque ellos ignoraban cómo proceder. Así que
nos armamos de paciencia para ir a entidades,
entrevistarnos con autoridades y obtener las
legalizaciones obligatorias. Sin eso y sin la
ayuda inestimable de la familia, los amigos,
abogados y la embajada argentina en Kenia, no
habríamos podido con nada”.
Con Ambar en la mira No
obstante, lo más relevante del procedimiento es
la historia previa de la criatura, como la del
individuo o la familia interesada. “Con Fernando
nos casamos en 2002 y nuestra idea de tener
hijos surgió en 2006, ya afianzados
económicamente y mientras vivíamos en Canadá por
trabajo –evoca María Eugenia–. Después de un año
de intentarlo sin resultados, consultamos a
expertos para hacer un tratamiento de
fertilización. Los hicimos en la Argentina, por
lo que volvíamos allí cada vez que iniciábamos
uno… pero siempre sin buenas nuevas. Sentimos
frustración, pero el deseo de ser padres pudo
más. Nunca se nos pasó por la cabeza renunciar a
eso. Así fue como nos dispusimos a adoptar, ya
que entendíamos que si uno tiene tanto amor para
brindar, es factible hacerlo con cualquier niño
huérfano de este planeta, sin importar su color,
su idioma o su cultura. La variable de hacerlo
internacionalmente se cayó de madura, ya que no
residíamos en la Argentina desde hacía más de
cuatro años. Y como nuestra ley exige al menos
cinco, fue impracticable. Por otro lado, al
estar fuera de tu país, la mente se expande. El
acercamiento a otras razas, costumbres y
pensamientos nos hizo apreciar las semejanzas y
respetar las diferencias. Así tomó fuerza el
hecho de formar una familia multicultural.
Tuvimos chances de adoptar en Asia y América,
pero nos inclinamos por África, ya que era lo
más viable en ese entonces”. Contrariamente a
lo que dicta el imaginario colectivo, en las
adopciones internacionales apenas se pueden
mencionar las preferencias en cuanto al sexo y
la edad. Nada más. Las fechas de nacimiento son
aproximadas, ya que, al ser huérfanos, es
imposible dar con el día, el mes y el año
exacto. La mayoría son abandonados en las calles
y llevados a los orfanatos por la policía o por
transeúntes que se los encuentran en la vía
pública. Urge considerar que, solo en Adís
Abeba, hay más de ciento cincuenta de estos
establecimientos. Como en toda experiencia
cautivante, hubo golpes de timón. Y varios. Para
empezar, Ambar pudo no haber sido Ambar. Es que,
en 2009, ya asentados en Dubai, María Eugenia y
Fernando enviaron mails a instituciones
internacionales de adopción, oriundas de Estados
Unidos, de Canadá y del Viejo Continente. Las
primeras opciones eran de Rusia, Ucrania,
Kazajstán y Vietnam, pero dudaron de la
legitimidad de las agencias. Entonces,
depositaron su atención en Camboya, donde nada
indicaba irregularidades. Pero mientras se
empapaban acerca de este país del sudeste
asiático, se enteraron de que se cerraban,
temporalmente, las adopciones internacionales.
Esto podía extenderse durante semanas o meses…
“Este desafío fue como subir una escalera
altísima. Nunca nos permitimos mirar el último
escalón porque íbamos a notar los obstáculos y
no lo habríamos logrado. Así que había que
conquistar la cima poco a poco”, dice María
Eugenia, como si compartiera una receta. “Por
esos días, había en Internet un grupo de
adopción en Dubai, conformado por matrimonios de
residentes extranjeros de Australia, Irlanda,
Reino Unido y España. La anfitriona de la casa
donde nos reuníamos tenía una nena de Etiopía.
Era hermosa, alegre y juguetona. Cuando nos
despedimos, ¡se quería venir con nosotros! A la
vez, nos cruzamos con otra pareja, que tenía
tres criaturas de ese país. Recargadas nuestras
pilas por las cosas lindas que nos contaron, nos
decidimos por Etiopía, que nos pidió
certificados de nacimiento, de matrimonio y de
salud; antecedentes policiales; nuestro salario;
declaración jurada de bienes personales; títulos
universitarios; estudios psicológicos; y tres
cartas: la primera de referencia, la segunda
donde argumentáramos por qué queríamos adoptar
un niño etíope, y una tercera de ‘no objeción’,
que debía ser emitida por la embajada argentina.
Aunque parezca mentira, esta última fue la que
más nos costó conseguir. No hubo manera de que
nos la dieran; aunque, al final, nos sellaron
todo lo que necesitábamos. Por suerte, dimos con
Fabiana Quaini, una especialista que se prestó a
escribir dos cartas: una en la que transcribía
las leyes argentinas que se muestran a favor de
las adopciones internacionales; y otra en la que
ahondaba en nuestro caso y daba una ‘no
objeción’ de su parte. De abril a octubre de
2009, recolectamos los datos. Fueron noches sin
dormir y mañanas agotadoras. Pero, aun sin
conocerla, ya estábamos disfrutando de nuestra
hija”. En total, María Eugenia y Fernando se
presentaron en tres orfanatos. Cuando se
cumplieron casi cuatro semanas de espera, llegó
el mensaje de uno de ellos para confirmarles que
una niña les había sido asignada. Entre idas y
vueltas, visitaron Etiopía siete veces para
adentrarse en su idioma, sus sabores, sus
tradiciones y sus necesidades. Y anotaron cada
vivencia en un cuaderno para que, con los años,
“la princesa” pueda leer su historia. El 26 de
enero de 2010 escucharon la sentencia que los
oficializó como los padres de Ambar. Previo
certificado de nacimiento y pasaporte etíopes,
la nacionalizaron argentina, lo que les demandó
más de un año por la lentitud del proceso legal.
No hay nada más lindo… Ya
instalada en su casa de Dubai, la pequeña se
habitúa al seno de una familia. “Al principio,
como una forma de autoprotección, escupía cuando
uno hacía algo que no le gustaba”, desliza María
Eugenia. “Pero fue incorporando las palabras,
los gestos, las caricias, el ‘por favor’ y el
‘gracias’. Hoy, es muy respetuosa y no tiene
malos modales. Le encanta ir a su salita de
prejardín de infantes. ¡Es súper amigable! La
adaptación requirió sus atenciones y sus
tiempos, pero los frutos son palpables y uno
como padre se siente orgulloso”. María
Eugenia y Fernando atesoran videos y fotos de
Ambar, desde la época en el orfanato. Y los
contemplan juntos, para que ella no olvide sus
raíces. “Hay una sola realidad: la verdad. Por
eso, le hablamos del albergue donde estuvo, de
su color de piel, de sus cabellos mota y de sus
ojazos negros. Cuando tenga incertidumbres, le
ofreceremos las herramientas para que su camino
sea lo menos sufrido posible y, sobre todo,
lleno de amor”, sostiene María Eugenia. “Con
Fernando creemos que dos ‘menos’ juntos hacen un
‘más’. Nuestro problema de fertilización nos
colocó en una posición de ‘menos’. Y una
criatura en un orfanato también estaba en una
condición de ‘menos’. Fue maravillosa la
posibilidad de que dos ‘menos’ pudieran
complementarse y formar un enorme ‘más’. Gracias
a Ambar, redescubrimos el sentido de la vida.
Nuestro compromiso con ella es para siempre”.
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